Marino.

A la vez de realizar corto metrajes de ficción, documentales sobre artistas, Marino siempre ha dibujado. Y pronto, consagrará su vida a ello.
De la imagen cinematográfica a la imagen pictórica, para él no hay más que un paso: “He ganado en ello una nueva libertad. No tenía más cuentas que dar a nadie, sino tal vez a mí mismo…”
La apuesta es sin embargo de otra naturaleza, más azarosa, más ambiciosa y más vasta.
Si hay un milagro, está en la tentativa de dar cuerpo a una forma surgida
de la nada de un papel blanco o de una tela blanca. Y este gesto primordial, sin duda heroico, es aquel del verdadero artista.
Minuciosamente, cada día, con la humildad del artesano “que cien veces frente a su oficio…”, hace un primer trazo portador de una nueva vibración.
Es en este pasaje de la fragilidad a la fuerza que reside la creación.
Primer trazo, primera nota de una sinfonía desconocida…
Con su carboncillo, su mina de plomo, su pincel o su pastel, Marino guía, traza el camino, la evolución: “todo se hace conforme avanza. Una forma se construye poco a poco a partir de casi nada, dejando fluir el inconsciente…” Agrega: “de hecho, dibujo, pinto lo que no veo”.
A veces, -lo que puede parecer paradójico en su proceder- recurre a un modelo cuyas formas lo inspiran. Pero no se trata en forma alguna de reproducir, ni siquiera de adosarse a una forma preexistente.
No, es sólo un punto de anclaje, un retorno a lo real que le permite a partir de un punto repartir de cero para a continuación reconstruir.

En su taller de Choisy, bajo amplias lámparas cenitales, se instala en su mesa de madera colocada sobre un piso de cemento pintado de colores cálidos a la mexicana. Es así como trabaja. Los caballetes le servirán más tarde para observar detenidamente lo que ha hecho, con la distancia necesaria.
Todo su material está al alcance de la mano y en cajones entreabiertos:
rojo cadmio, negro óxido, ocre, amarillo, verde Veronese…
Alrededor de él, extendidos sobre la mesa o incluso sobre el piso, múltiples dibujos dispersos se traslapan: apariciones, creaturas disonantes que parecen venidas de otros sitios…
Insectos, seres humanos, extra terrestres a la vez inquietantes e ingenuos, suspendidos en los aires.
Son a la vez graciosos y fuertes, macizos o transparentes e interrogantes. No se sabe si molestan o somos nosotros quienes los molestamos. Parecen decir: “ámenme como soy”.
Es un fabuloso bestiario de danzantes en ingravidez compuestos de una materia que ha volado en partículas. Hacen pensar en Djinns de Victor Hugo:
“Volando en el espacio vacío
Parecen una nube lívida
Que lleva un relámpago en el flanco…”

Estos seres fantasmagóricos de Marino sacuden nuestro imaginario.
Sus miradas y sus sonrisas son desconcertantes, a la vez desilusionadas
e irónicas. Con sus formas deformadas, sus miembros atrofiados,
pese a lo que pudiera esperarse, no son jamás monstruosos.
Bien al contrario, ejercen una extraña seducción que se incrementa
cuando queremos asirlos. Y cuando creemos tenerlos, se escapan puesto que no pertenecen a nadie.

Que se evoque a Toledo pensando en las capas de materia de sus telas, o bien a Wols en la transparencia de sus dibujos, queda implícito pero de poca importancia.
El mundo que nos da a ver Marino es sin duda alguna otro mundo.
Nos ofrece una fluidez diferente de las cosas.
El camino recorrido es aquel que va del caos a la armonía.
¡Vasto programa!, en el cual Marino desliza un ligero toque de sorna.
Es el guiño del artista, la distancia que hace las cosas humanas.

Al final de cuentas, la obra de Marino le da la razón a Braque:
“El arte es una herida que se termina en luz”.

.......................Jean-Marie Baron / traducción Eva Muñez - Ledo